Cuando no podés decidir, ¿igual te hacés cargo?
Hay una idea que incomoda, pero que atraviesa todo mi libro: el poder no se define por la capacidad de imponer sino por la responsabilidad de actuar cuando no se puede imponer nada. En ese momento es cuando aparece el verdadero problema pero también la verdadera oportunidad.
Cuando el margen de maniobra es estrecho, cuando las decisiones dependen de otros, cuando el presupuesto, la jerarquía o el contexto político no acompañan, lo habitual es refugiarse en la queja o en la excusa, “no puedo”, “no me dejan”, “no es el momento”. Sin embargo, ese repliegue no es neutral sino que es una forma pasiva de ejercer poder en contra de uno mismo.
Como explico en Poder desde el no poder, incluso sin poder formal siempre se está influyendo, tanto en lo que se dice, en lo que se calla, en lo que se posterga, en lo que se tolera. El no-poder no es ausencia de poder, al contrario, es un tipo distinto de poder, menos visible pero no por eso menos efectivo.
El error más frecuente es confundir falta de autoridad con falta de responsabilidad. Es una confusión peligrosa porque libera a la conciencia, pero no a las consecuencias. El contexto puede explicar una decisión pero no la absuelve. Cuando se actúa desde esa falsa absolución, se empieza a erosionar lo único que no depende de nadie más, que es la propia coherencia.
En mi libro muestro con claridad cómo, en escenarios reales, ya sea empresariales, humanos o políticos, la tentación de “hacer la vista gorda” suele presentarse como pragmatismo, cuando en realidad es una renuncia anticipada. Es una renuncia a incomodar, a sostener un criterio, a marcar un límite, todo eso se paga después, ya sea con resultados, con reputación y casi siempre con autoestima.
Ejercer poder desde el no-poder implica aceptar una verdad incómoda: no todo resultado depende de uno, pero toda conducta sí. Esa diferencia cambia todo porque desplaza la pregunta del “¿qué puedo lograr?” a la pregunta ética de “¿qué estoy dispuesto a sostener?”.
En este marco, no propongo gestos grandilocuentes ni épicas vacías, propongo algo más difícil: consistencia en escenarios adversos. Esto es decir lo que corresponde aunque no convenga, señalar riesgos aun cuando nadie quiera escucharlos, no para garantizar el éxito, sino para evitar el autoengaño.
El poder real, el que no se ve, el que no figura en los organigramas, aparece cuando alguien decide no negociar ciertos principios, aun sabiendo que eso no lo vuelve simpático ni imprescindible. Ese poder no da aplausos inmediatos pero construye algo más duradero, que es credibilidad interna. Sin credibilidad interna, ningún poder externo alcanza.
Para concluir, propongo preguntarte: cuando no podés decidir, ¿igual te hacés cargo? La respuesta a esa pregunta define mucho más que un rol o un momento, define una forma de estar en el mundo.
